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domingo, 17 de febrero de 2019

La erótica ciencia ficción británica

    

La Saga de Garth

   
El 24 de julio de 1943, el diario británico Daily Mirror acogió en sus páginas la primera tira de Garth, una serie de ciencia ficción creada por Stephen Dowling, cuyo personaje central era una especie de superhombre inspirado lejanamente en Superman que, según se explicaba en el episodio "The 7 Ages of Garth", gozaba de la facultad de poder reencarnarse, lo que le permitía viajar en el tiempo. Más adelante, en otro episodio, se nos revelaba el origen extraterrestre del héroe.
La serie se consagró, y por ella pasaron autores de la talla de los guionistas Don Freeman, Jim Edgar o Peter O'Donnell y dibujantes como John Allard, Frank Bellamy o Martin Ashbury.
La trayectoria de Garth en España ha sido escasa y no demasiado bien atendida por los editores que se hicieron cargo de ella: si no estoy equivocado, se publicó por primera vez a finales de los años cuarenta, seriada en una veintena de números de la revista Nicolás, de Ediciones Clíper. Desde esa fecha no he encontrado rastros de la serie en español hasta que Nueva Frontera la rescató en 1978 o 1979 en su revista Bumerang, en la que sólo apareció un episodio. Por último, la editorial madrileña Arcusa dedicó el tercer número de su Colección Grandes "Cómics" del Mundo al héroe británico. Este número es el que viene hoy al blog para presentarnos a Garth.
Aquella edición consistió en un libro con 84 páginas encoladas y tapas de cartulina, con portada ilustrada por José Ramón Ballesteros que presentaba al protagonista y otros personajes de la serie. La paginación interior se imprimió en blanco y negro, y llevó un breve texto de presentación del editor y otro de Moncho Cordero. La maquetación hubiera necesitado algo más de atención: se limitó a cuatro tiras por página, que quedaban casi perdidas, separadas por calles demasiado grandes; se emplearon viñetas ampliadas a modo de ilustración, además de dividir la última tira del episodio inicial dejando una viñeta por línea y ocupando así una plana completa, y se completó la paginación sin dejar el menor espacio de respeto entre la última página de historieta y la tercera de cubiertas. La impresión tampoco fue lo correcta que hubiera sido de desear, perdiéndose en gran manera la calidad de la línea del original.
Uno de los elementos que en su día hacían esta serie atractiva para el lector español de los tiempos del destape era su componente erótico, con abundancia de desnudos (femeninos, naturalmente) y situaciones atrevidas. Quizá sea eso lo que peor haya resistido el paso del tiempo.  
El primero de los episodios recogidos en el libro de Arcusa era el 72º, "People of the Abyss", dibujado por Frank Bellamy sobre guión de Jim Edgar y publicado originalmente entre el 7 de noviembre y el 23 de diciembre de 1972. Los otros dos episodios los dibujó Martin Ashbury, también escritos por Edgar (el guión del último de los episodios está acreditado, junto con Edgar, al dibujante John Allard). Se trata de los episodios 87º ("Mr. Rubio Calls", publicado del 30 de abril al 15 de agosto de 1977), y 89º ("Finality Factor", del 29 de noviembre de 1977 al 12 de abril de 1978).
    












































jueves, 14 de febrero de 2019

Viñetas en fascículos

    

Historia de Madrid

Capítulo IX
   
El repaso a la historia madrileña llega a tiempos revueltos cuyos ecos todavía resuenan en el presente. Es difícil dirigir la mirada hacia ese pasado tan lejano y sin embargo tan actual sin sentir que vivimos marcados por los sucesos que hace tantas décadas ensangrentaron España y dejaron heridas tan profundas que no terminan de cicatrizar.
   





lunes, 11 de febrero de 2019

Ciencia ficción a la española

   

Diego Valor: de la radio al tebeo

     
¡El piloto del futuro, el guerrero sin temor...! Diego Valor tenía todas las papeletas para convertirse en un hito del tebeo español: nacido como serial radiofónico que adaptaba el famoso cómic británico Dan Dare, de Frank Hampson, el gran éxito del programa de la SER hacía esperar que su paso a la historieta siguiera el mismo camino. Desgraciadamente, las condiciones en las que se llevó a cabo la adaptación no fueron las más adecuadas, y pese a que la colección se mantuvo en el quiosco durante cinco años, primero en el pequeño formato apaisado que en Italia se llamó striscia y después en el normalizado del cuaderno de aventuras, sólo la atracción ejercida por la emisión radiofónica sustentaba su existencia. 
El principal problema, a mi juicio, radicaba en que los guiones de la historieta se limitaban a repetir semanalmente los cinco episodios radiados, acoplando de cualquier manera las acciones al espacio de las quince páginas del tebeo, sin tener en cuenta la diferencia radical entre los dos medios. Las peripecias de los protagonistas aparecían en las páginas de cada número amontonadas, sin pausa ni separación, cambiando el escenario de una viñeta a la siguiente y dando por resueltas muchas situaciones sin apenas esbozarlas, dando por supuesto que el conocimiento que el lector tenía de la aventura le permitía seguir la historia sin demasiado problema.
En cuanto a la realización gráfica, el dibujante escogido para llevar a cabo la colección, Francisco Blanes, abandonó la tarea cuando apenas había dibujado el primer número, ya que sus otros compromisos de trabajo no le permitían mantener el ritmo de entrega semanal de la colección. Como sustitutos fueron escogidos Adolfo Buylla y Braulio Rodríguez, que firmaron como Buylla y Bayo. Si en los primeros números intentaron mantener un digno nivel, no tardaron en verse arrollados por la imposibilidad de mantener el ritmo de trabajo, luchando además con unos guiones más pensados para la radio que para la viñeta. Buylla comentó alguna vez que en aquellos guiones no era raro encontrarse con una escena que exigía un primer plano con cuatro o cinco protagonistas y allá al fondo un ejército de miles de hombres, carros de combate y aeronaves ocupando todo el horizonte, sobre el que se desencadenaba una gran tormenta... con lo que acababan limitándose a repetir viñetas con un busto y un gran bocadillo en el que se intentaba explicarlo todo. Buylla y Bayo se veían obligados a entregar cuaderno tras cuaderno dibujado a toda prisa y sin casi detalles, aunque procuraron en cada número dejar al menos una página dibujada con cariño y cuidar algo más las portadas, entre las que se pueden encontrar algunas más que apreciables, especialmente durante los primeros números de las aventuras en Marte.
En la emisión radiofónica, el prescindir de narrador y dejar que los diálogos situaran la acción y los escenarios fue una buena idea (la figura del narrador se limitaba en cada episodio al texto a modo de resumen que abría cada episodio). En unos cuadernos en los que todo sucedía a tal velocidad que era difícil seguir la acción no se consiguió un sistema que hiciera menos confuso el resultado.
Pese a ello, ya digo que durante muchos meses los lectores nos abalanzábamos sobre nuestros tebeos para disfrutar en Venus de las emocionantes batallas con las Telecero o las sillas volantes, las emboscadas, encerronas y traiciones de los verdes wiganes del Gran Mekong o, ya en Marte, contra los malvados sicarios del Príncipe Senrok y su madre, la terrible Frieya. La larga historia de la lucha del comandante Valor y sus compañeros, el capitán Miguel Portolés y los tenientes Hank Hoggan y Pierre Laffite, acompañados de la intrépida profesora Beatriz Fontana y la aguerrida princesa venusina Kira (mientras, curiosamente, coroneles y generales apenas hacían una aparición testimonial), hubiera merecido más suerte al plasmarse en el tebeo.
Siguen los dos primeros cuadernos de la colección. No pueden dar una idea ajustada de lo que significó el fenómeno Diego Valor en su momento, no es fácil situarse en el contexto de una infancia para la que no existía la televisión, que había aprendido a escribir con pizarrín y pizarra y luego mojando la plumilla en el tintero, porque el bolígrafo aún no había llegado a nuestras escuelas. Una infancia que ocupaba la mayor parte de su ocio en juegos al aire libre y para la que los tebeos eran quizá la más importante fuente de conocimiento del mundo, ya que lo aprendido en las aulas era... otra cosa.    
   









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