Vamos al cine
¿Mis diez películas favoritas?
¡Qué difícil es elegir!
De modo que, dejándome de preferencias, me limité a sumergirme en la memoria e intenté recordar las primeras sensaciones que la gran pantalla iluminada sembró en la mente de aquel niño de cinco o seis años que descubrió el cine para, a partir de ahí, seguir avanzando hasta reunir los diez escalones solicitados, con diez películas que no son ni las mejores ni las que más me gustaron, pero que no he olvidado y que me sirvieron para cumplir el compromiso.

Es conocida la trama de este relato del padre jesuita Luis Coloma que narra la infancia del bastardo del emperador Carlos (primero de España, quinto de Alemania) que, de adulto, se convirtió en don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto. Luis Lucia tomó el relato, lo aligeró de referencias y comentarios históricos y lo convirtió en una aventura juvenil que se veía con agrado, y que yo devoré enfervorizado, enamorado infantilmente de una hermosa Ana Mariscal, quizá mi primer amor de la pantalla, disfrutando de las patochadas del capitán Diego Ruiz (Antonio Riquelme) y sin atreverme a soñar en ser Jeromín en el cuerpo de Jaime Blanch.
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Diego Ruiz (Antonio Riquelme) alardeando de valentía ante Jeromín (Jaime Blanch). |
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Doña Magdalena de Ulloa (Ana Mariscal). |
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Val Guest dirigió esta película (basada en la serie televisiva del mismo título) que tuvo su continuación luego con otras dos aventuras más de las arriesgadas investigaciones del doctor Quatermass, a quien daba vida el imponente actor británico Brian Donlevy.
No se trata de una obra maestra, es sólo cine británico de serie B, pero si esto no es gran cine, no sé dónde puede buscarse.
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Cartel estadounidense. |
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El cohete regresa del espacio y aterriza violentamente en la campiña inglesa. |
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El astronauta sobreviviente es llevado a la enfermería, donde se realiza una infructuosa investigación para descubrir las causas de lo sucedido en el espacio. |
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El paciente escapa del hospital ayudado por su esposa, convirtiéndose en una peligrosa amenaza. |
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La criatura espacial se refugia en la catedral londinense. |
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Robert Taylor era por entonces el héroe que todos queríamos ser (bueno, teníamos bastantes dudas de si era mejor Gary Cooper, perdón, Gari Cúper), y junto a él, la bella Kay Kendall, con su aristocrática naricilla, y el grandioso, en todos los sentidos, Robert Morley. Después descubrimos que en la vida real Robert Taylor estuvo lejos de ser tan ejemplar como sus personajes en la pantalla, dejando el feo recuerdo de su actitud durante la caza de brujas del senador McCarthy. Pese a todo, no puede dejar de admirarse la carrera de este actor, al que hemos visto bailando en algún musical en blanco y negro antes de ser Marcus Vinicius, Ivanhoe, Lancelot y tantos otros héroes, para al final superar sus repetidas interpretaciones "heroicas" con una actuación escalofriante en la tardía The Last Hunt, de Richard Brooks (no estrenada en España), en la que, junto a Stewart Granger, borda su papel de viejo cazador de búfalos.
Quentin Durward fue la tercera película en la que Richard Thorpe dirigió a Robert Taylor, y a pesar de su sólida factura resultó un mediano fracaso económico, a diferencia de Ivanhoe y Los caballeros del rey Arturo, las dos anteriores, grandes éxitos de taquilla.
Las imágenes reproducen otro cartel de época y varias escenas de la película.

El salario del miedo (Le salaire de la peur, Henry-Georges Clouzot, 1953), la cuarta de las películas que consideré favoritas en el momento de redactar aquellas entradas en Facebook (lo que no significa que las tenga ordenadas en mi cabeza), es un escalofriante ejercicio de cine en blanco y negro, de aquel cine que descubrías en la sesión continua del local de reestreno de tu barrio sin saber lo que ibas a encontrar. Y lo que te encontrabas en El salario del miedo era una brutal sensación de angustia que iba aumentando hasta dejarte sin respiración. No el miedo tramposo de las películas de horror a base de trucos de efecto, sustos y banda sonora efectista, sino el miedo del hombre real en el mundo real que siente la amenaza del peligro real. Ese miedo que no termina cuando se abandona la sala, sino que forma parte de las angustias diarias de las personas auténticas, que se ven obligadas a convivir con él y luchar por no dejarse abatir.
Para la quinta etapa de esta odisea cinematográfica elegí una ácida comedia francesa, El embrollón (L'Emmerdeur (Édouard Molinaro, 1973), basada en una obra teatral de Francis Veber.
En la extensa carrera de Billy Wilder sólo conozco dos películas (las dos, versiones de filmes ya existentes) en las que, para mí, no fue capaz de mejorar el original: pese a la eficacia de la pareja Lemmon Mathau en ambas, ni Primera plana es mejor que Luna nueva ni Aquí, un amigo supera (de hecho, apenas se acerca) al vitriólico producto que Édouard Molinaro ejecutó sobre un guión perfecto de Francis Veber que ya había paseado por los escenarios.
El propio Veber perpetró posteriormente otra versión, de la que no tengo referencias pero que dudo mucho que igualara a aquella que a principios de los años setenta nos demostró que Jacques Brel podía ser tan eficaz en una pantalla como ante un micrófono y que Lino Ventura era una figura iremplazable en el cine europeo.
Humor francés, humor internacional , humor a secas.

La sexta cinta que incluí entre mis favoritas no tiene mucha discusión. Tenía la intención de traer a Tony Curtis, y la lista de títulos en los que el actor neoyorquino participó es muy extensa y contiene más de una y más de dos joyas, así que, tras dudar entre dos de los papeles menos habituales de este dúctil actor, capaz de enfrentarse sin desmerecer a Laurence Olivier, Burt Lancaster, Sidney Poitier, Yul Brinner o Jack Lemmon, abandoné para otra ocasión Chantaje en Broadway y me decidí por El estrangulador de Boston (The Boston Strangler, Richard Fleischer, 1968), película estremecedora sin estridencias, como a mí me gustan. En estos tiempos en los que crecen como setas los filmes y series sobre asesinos múltiples, me parece ilustrativo revisar cómo trató el tema allá en 1968 (¡el verano del amor!) un autor como Fleischer, menos recordado de lo que a mi juicio merece. Su trabajo tanto en esta como en otra aún más extremadamente cruda cinta paralela rodada tres años después, El estrangulador de Rillington Place, demuestra, con su capacidad para el cine más arriesgado de aquel momento (que sigue manteniendo toda su fuerza casi medio siglo después), que era más que el artesano que suele considerársele, que fue un genuino y gran director. A sus órdenes, Tony Curtis mostró, a su vez, su valor como actor de carácter, abandonando su habitual papel de galán para realizar una de sus más contenidas, expresivas y sentidas actuaciones.
Las imágenes reproducen otro cartel de época y varias escenas de la película.
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Potente cartel español de Jano. |


Los elementos, los justos: un grupo de desheredados de la fortuna enfrentados a la posibilidad de escapar de la miseria arriesgando su vida en una labor suicida: transportar un cargamento de volátil nitroglicerina en pesados camiones por una peligrosa carretera de montaña rumbo a una explotación petrolífera en llamas. Nada más, nada menos.
Dirigida por Henri-Georges Clouzot sobre una novela de Georges Arnaud, su reparto lo encabezaba Yves Montand, a quien acompañaban un genial Charles Vanel, el italiano Folco Lulli, la esposa del director, Vera Clouzot, y Peter Van Eyck.
En la pantalla, cine de verdad.

En la extensa carrera de Billy Wilder sólo conozco dos películas (las dos, versiones de filmes ya existentes) en las que, para mí, no fue capaz de mejorar el original: pese a la eficacia de la pareja Lemmon Mathau en ambas, ni Primera plana es mejor que Luna nueva ni Aquí, un amigo supera (de hecho, apenas se acerca) al vitriólico producto que Édouard Molinaro ejecutó sobre un guión perfecto de Francis Veber que ya había paseado por los escenarios.
El propio Veber perpetró posteriormente otra versión, de la que no tengo referencias pero que dudo mucho que igualara a aquella que a principios de los años setenta nos demostró que Jacques Brel podía ser tan eficaz en una pantalla como ante un micrófono y que Lino Ventura era una figura iremplazable en el cine europeo.
Humor francés, humor internacional , humor a secas.


En la película acompañaban a Curtis estrellas tan sólidas como el pétreo Henry Fonda, el enorme George Kennedy, el ubicuo y eficaz Murray Hamilton, el veterano Jeff Corey o la explosiva Sally Kellerman.
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The Last Wagon —para nosotros La ley del Talión (Delmer Daves, 1956)— es una película no apta para la televisión. Esto lo comprobé cuando la pasaron por TVE o La 2, no estoy seguro, y me sentí estafado al comparar con mis recuerdos lo que se veía en la cuadrada pantalla boba. Su director era uno de aquellos "artesanos" del star system que sabían dónde poner la cámara y por qué, que aprovechaban el formato de pantalla para contar su historia, no para crear bonitas escenas y mostrar hermosos paisajes (lo que no quiere decir que no pudieran hacer ambas cosas y las hicieran). El CinemaScope, en esta y otras películas de la época, era imprescindible, pues cada centímetro de pantalla lo ocupaba la información que el director necesitaba dar al espectador.
En cuanto a la historia, un western tan violento como espectacular, de ritmo medido y narración clásica: el héroe, acusado de tres asesinatos, perseguido por el sheriff justiciero, tiene que elegir entre continuar su huida o conducir sanos y salvos a los colonos atacados por los indios. Su elección, la lógica en un héroe, no será ajena a la atracción de la hermosa Felicia Farr.
Además de Widmark, lucían su buen hacer en la pantalla actores de la talla de George Mathews como el sherif Harper, el joven James Drury, luego famoso intérprete de la serie televisiva El Virginiano, como el teniente Kelly, o el pequeño Tommy Rettig (que acompañaría también a Marilyn Monroe y Robert Mitchum en Río sin retorno) en el papel de Billy.

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El reparto al completo en una fotografía para la prensa. |
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Con esto llegué a la decena de filmes elegidos. Como ya dije, no son mis "favoritos", sino una pequeña muestra de algunos de ellos, no hay días suficientes para poner todos los que me vienen a la cabeza.
Como coda, el 26 de septiembre me encontré, en el minutado de alguna cadena de televisión, con una coproducción española-liechtensteiniana (!!!), aunque otras fuentes la acreditan como hispano-francesa: La loba y la paloma (Gonzalo Suárez, 1974), protagonizada por una espléndidamente madura Carmen Sevilla, mucho antes de que la hermosa actriz aterrizara en el Cine de barrio, evidentemente.
Como coda, el 26 de septiembre me encontré, en el minutado de alguna cadena de televisión, con una coproducción española-liechtensteiniana (!!!), aunque otras fuentes la acreditan como hispano-francesa: La loba y la paloma (Gonzalo Suárez, 1974), protagonizada por una espléndidamente madura Carmen Sevilla, mucho antes de que la hermosa actriz aterrizara en el Cine de barrio, evidentemente.

Al decir que Carmen Sevilla estaba espléndida no hablo de su labor de actriz, me refiero sólo a su evidente belleza, exhibida generosamente como empezaba a ser habitual en aquellos años predestape del fin del franquismo. La película la pasaban por uno de esos canales en los que consiguen que historias de hora y media nos mantengan pegados a la pantalla durante tres horas...
Con tal motivo, y aprovechando la coyuntura, añado esta cinta a mis diez no favoritas, aunque sólo sea porque en ella aparece un reputado actor británico huésped permanente del cine de Hollywood, Donald Pleasence, además del discreto y atractivo desnudo de la actriz. En cuanto a los valores cinematográficos, lamentablemente, no son demasiados, a mi juicio. Gonzalo Suárez, director que en alguna de sus películas alcanzó un buen nivel, en otras, y ésta es una de ellas, apenas logra el aprobado. Lastrada por una trama poco original resuelta sin demasiado interés la película resulta olvidable. Queda el bonito retrato del paisaje asturiano, en el que la belleza de Carmen Sevilla y de la joven francesa Muriel Català es un atractivo más.
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